Jorge Zarza, experimentado periodista y corresponsal con más de 25 años de trayectoria televisiva, reflexiona sobre la nueva modalidad educativa y lo que conlleva para millones de estudiantes en todo el mundo.

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Nunca antes como ahora, los ojos de millones de personas se mantienen fijos frente a una pantalla. En medio de esta pandemia, es a través de esa ventana digital por donde nos asomamos para hacernos notar, para existir. Lo que alguna vez propuso la ciencia ficción como modelo de comunicación para el futuro, hoy es una realidad que, lejos de entusiasmarnos, nos incomoda.

El aprendizaje a distancia —sin duda y como su nombre lo dice— nos distancia, pero al mismo tiempo nos une y nos obliga a adaptarnos para poder sobrevivir. Es verdad que las nuevas generaciones nacieron online, muestra de ello es el uso de la telefonía celular que asombró a nuestros padres y abuelos, y que hoy no le causa sorpresa a nadie: es como si siempre hubiera existido, una herramienta indispensable de la que no podemos prescindir. Por su parte, el uso de tabletas y computadoras es tan cotidiano como lo fue en su momento comprar cuadernos para tomar apuntes. En fin, como aseguran los más jóvenes, todo está en la red…

¿Todo? Permítanme disentir. Más allá de los resultados que nos puede arrojar una búsqueda, ya sean fotos y videos, documentos y estadísticas, información y contenido, hay algo que todavía es propio del hombre y que difícilmente será sustituido por una máquina o robot, y se llama conocimiento, precisamente lo que se está transmitiendo en las clases a distancia, pero eso solo se logra cuando hay un maestro que quiera enseñar y un alumno que quiera aprender.

El conocimiento se adquiere con la lectura y los viajes; se experimenta en una charla de café y al contemplar un horizonte. El conocimiento se manifiesta en cuanto nos atrevemos a probar los sabores y a olfatear los aromas. De ahí que las clases, a pesar de ser a distancia, tienen el enorme desafío de convertirse en experiencias memorables.

El reto de los maestros será comunicar de manera creativa e interactiva —aún más— los contenidos propios del ciclo escolar, precisamente porque esta generación de estudiantes está acostumbrada a recibir permanentemente estímulos de cualquier cantidad de plataformas.

Si la educación no es divertida ni entretenida, seguramente provocará desinterés en los alumnos y en pocos minutos abandonarán la clase, un fenómeno que podríamos definir como “deserción online”.

La generación “Instagram” está orillando a los educadores a replantear la oferta educativa, no solo con la incorporación de nuevas asignaturas, sino en la manera de impartir lo que tradicionalmente es obligado aprender: español y matemáticas en la etapa primaria, solo para abrir boca.

Si se me permite la expresión, el término “Instagram” es lo que define mejor a esta generación escolar. Todo es instantáneo, todo es fugaz. Todo pierde vigencia en cuanto se publica. No hay nada más viejo que un periódico de ayer, solían decir los periodistas para explicar la importancia de la oportunidad. Hoy no hay nada más viejo que el tuit de hace un minuto. Se ha perdido noción de la temporalidad y de la novedad, y con mucha frecuencia se da por sentado que si algo se ha publicado en redes sociales, ya todo mundo está enterado, lo cual divide a la sociedad entre los informados online y los análogos offline.

Esta generación, habituada a lo inmediato, experimenta el “tecnoestrés” ya que permanece muchas horas frente a la pantalla —ya sea televisión o computadora— para tomar sus clases. Lo peligroso es que al término de la jornada escolar los estudiantes continúan ahí, ya sea para hacer la tarea o buscar entretenimiento.

La tendencia de “aula compartida” , aplicada por algunas instituciones educativas, tiene como finalidad que los alumnos investiguen por su cuenta lo que el maestro les ha asignado. Esto, que a todas luces resulta innovador por la manera en que se promueve el interés personalísimo de los estudiantes en la búsqueda del conocimiento, también ha resultado un desencanto en quienes aún prefieren que sea el maestro quien lleve la clase.

La pandemia ha sacudido el sistema educativo sin previo aviso, no hay duda. Maestras y maestros hoy tienen la desventaja de estar lejos de sus alumnos lo cual pone en riesgo la autoridad que tradicionalmente se experimenta en el salón de clases. Presencia es presión. Los docentes saben que, como nunca, la convivencia es fundamental en el desarrollo de las habilidades de sus estudiantes y estando lejos podrían experimentar abandono, falta de atención o incluso la posibilidad de quebrarse los lazos que naturalmente unen a maestros y alumnos en la etapa estudiantil.

Aunado a esto, la presencia permanente y cotidiana de los padres durante las clases a distancia —particularmente de las madres de familia— ha desencadenado una serie de comportamientos que van desde la rebeldía por estudiar, hasta el desdén por aprender, sin dejar de lado que quienes representan la autoridad, es decir, los docentes, ven disminuida su influencia al estar físicamente lejos.

No cabe duda que la pandemia obligará al sistema educativo a recalcular la ruta que se había trazado al principio de este 2020.

Si nunca antes como ahora los ojos de millones de personas se mantienen fijos frente a una pantalla, habrá que preguntarse qué es lo que necesitan mirar. Más aún, habría que reestructurar cómo y cuánto tiempo tienen que permanecer imantados a esas plataformas. Habrá que hacerlo pronto y de manera permanente, independientemente del fin de la pandemia.

-Por Jorge Zarza

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