La comunicadora y compañera de ADN 40, Luciana Wainer nos comparte su punto de vista sobre el Día Internacional de la Mujer.

«Feliz Día de la Mujer» es un oxímoron. El 8 de marzo, declarado por la ONU como el Día Internacional de la Mujer en 1957, nos remonta a mediados del siglo XIX y los movimientos de las trabajadoras textiles en Estados Unidos que salieron a la calle para protestar contra sus míseras condiciones laborales cuyo salario era menos de la mitad del que percibía un hombre por la misma tarea. Las marchas tuvieron un saldo de 120 mujeres muertas a causa de la represión policial.

Años más tarde, se produjo otro hecho que marcó la historia: a raíz de un incendio en una fábrica de textiles, 123 mujeres y 23 hombres murieron incinerados porque los dueños de la fábrica habían cerrado todas las puertas para evitar robos.

Muchos otros episodios podrían sumarse a estas páginas, y los elementos seguirían repitiéndose: explotación, desigualdad, lucha y muerte.

Conmemorar el Día de la Mujer es un reconocimiento a la lucha histórica que nosotras hemos emprendido en contra de la injusticia, pero también es un recordatorio ineludible de la opresión que aún continúa. Opresión que de ningún modo puede ser feliz.

Theodor Adorno se preguntó si después de Auschwitz se podía seguir escribiendo poesía. Muchas de nosotras, decenas de años después, nos preguntamos si no hemos agotado ya las palabras para hablar de violencia de género. O, peor aún, si acaso las palabras se han ido vaciando de significado de tanto consignar las atrocidades de nuestro día a día: feminicidios, violaciones, abusos, acoso. ¿Por qué las diez mujeres que son asesinadas al día en México no son una emergencia nacional? ¿Cómo explicar la magnitud del fenómeno si ya hemos usado todo el abecedario, indagado en todas las figuras retóricas y pasado de la tristeza a la desesperación, de la desesperación al reclamo y del reclamo a la furia? ¿De dónde sacar fuerzas para decir #NiUnaMás a sabiendas que mañana habrá diez muertas más?

Por supuesto, yo no tengo las respuestas a tales cuestionamientos, pero sí tenemos la inmensa responsabilidad de consignar desde los medios de comunicación la crisis de violencia contra la mujer de una forma empática, cuidadosa y, sobre todo, responsable.

La perspectiva de género no se crea de la noche a la mañana: gran parte de los espacios más importantes de interacción social fueron construidos, originalmente, para y por hombres. No es de extrañarse, entonces, que a pesar de los avances que hemos tenido como sociedad, algunas dinámicas sigan remontándonos a ese origen. Todas y todos tenemos arraigadas concepciones culturales que hemos normalizado y de las cuales, muchas veces, no tenemos ni siquiera noción de tenerlas. El primer paso es reconocerlo. El segundo, tener el interés y la voluntad para cuestionarnos —y autocuestionarnos—, preguntar y reaprender.

Vivimos en un mundo lleno de estereotipos y prejuicios; parte de nuestra obligación, como medio responsable que somos, es luchar contra ellos, trascender la superficie para contar las historias que realmente queremos contar y no aquellas que son la simplificación mediática más inmediata.

Al cubrir violencia de género, por ejemplo, debemos prestar suma atención al tratamiento informativo de la víctima: fotos, detalles, información personal. Muchas veces, reproducir este tipo de información no solo no aporta a la nota, sino que revictimiza y refuerza estereotipos. ¿Cómo le transmitimos a nuestros espectadores que a las mujeres nos matan solo por el hecho de ser mujeres?

No hace falta recordarlo, pero las palabras importan: las mujeres asesinadas no fueran «halladas muertas», los feminicidios no son «crímenes pasionales» y ningún delito se comete como consecuencia de la vestimenta que estaba usando la víctima. Cada vez que elegimos dedicarle toda la cobertura de una movilización a las pintas que un grupo de diez, veinte o treinta personas pudo haber hecho, estamos dejando de cubrir los restantes quinientos manifestantes, sus pedidos y sus exigencias.

Los ejemplos, por su misma naturaleza, se quedan cortos. Y como la realidad normalmente suele superar a la ficción es posible que nos enfrentemos ante retos informativos cada día más complejos, más retadores.

Afortunadamente, no estamos solas: son tiempos de discusión, de intercambiar opiniones, de que todas y todos trabajemos en pos de hacer mejor periodismo, una comunicación efectiva y respetuosa sobre los temas de coyuntura y, lo que es más importante, luchar desde nuestra trinchera para que el mundo sea un poco mejor, un poco menos peligroso para nosotras y un poco más equitativo para todos —todes—.

He aquí el punto esperanzador, la grieta a través de la cual se filtra la luz. No solo no hemos agotado el lenguaje, sino que en nuestras manos y nuestras cabezas está la posibilidad de crear narrativas distintas, narrativas que construyen realidades, narrativas que llegan a millones de personas. Judith Butler, filósofa estadounidense especializada en temas de género, escribió: «Para que las mujeres sean asesinadas, primero tienen que ser construidas discursivamente como asesinables», aceptemos el desafío de no construir ni una sola vez un discurso que cosifique, sexualice o revictimize a las mujeres.

Entre todas podemos hacerlo mejor; porque somos fuertes, somos poderosas y, lo más importante: estamos juntas.

-Por Luciana Wainer

Luciana Wainer: @Luliwainer

Crédito imagen de portada: undiasinmujeres.mx