Es lugar común que cuando alguien menciona a Hemingway, la mayoría de los personas se formen mentalmente la típica imagen de un bravucón, un borracho, el típico macho seductor amante de matar animales, cosas que en efecto fue, pero cabe decir que primero tuvo que forjarse y ganarse un lugar por sus propios méritos como artista, escritor, activista social, en fin, como hombre sensible y culto que ahora ocupa un estereotipo en la historia de las letras donde en el mejor de los casos se le tiene como el «bohemio por excelencia» y en el peor, como «un misógino agresivo a causa de su homosexualidad no asumida».

Su vida pública, tan de todos conocida, nos remonta a sus orígenes como escritor en el París de los años 20 junto a Francis Scott Fitzgerald, Gertrude Stein, T.S. Eliot y un largo abanico de artistas que pasan de Buñuel a Picasso sin dejar de lado al Divino Dalí. Para quien se interese en el tema, no sobra decir que al respecto se han escrito ríos de tinta a tal punto que en las librerías es más fácil encontrar libros que hablen sobre Hemingway y la Generación Perdida, que obras suyas como Tres relatos y diez poemas (1923), En nuestro tiempo (1925), Aguas primaverales (1926), Fiesta (1925) —la obra que le hizo famoso— y Hombres sin mujeres (1927), textos todos ellos escritos durante su estancia parisina.

Pero vayamos más adelante. En su semblanza «Universo Hemingway», dice Jaime Priede que «Dos años antes de la publicación de Por quién doblan las campanas [es decir 1938], Hemingway fija su residencia en La Habana. Suele ir descalzo por la calle, mal vestido, sin afeitar, haciendo una ronda que termina en La Bodeguita del Medio. […] se exhibe con su bronceado de deportista y la sonrisa de quien vive al aire libre, rechazando el concepto de escritor como intelectual a favor del artista como hombre de acción.»

Ahí mismo apunta que al no haber tenido durante más de diez años un verdadero éxito de crítica y ventas, el viejo cazador acechaba pacientemente la presa perfecta, misma que llegó en la figura de Gregorio Fuentes, español radicado en Cuba que se ganaba la vida —como no podía ser de otra manera— pescando. Leonel Nodal en su artículo «Gregorio Fuentes, el patrón de Hemingway» relata que «Gregorio tenía 31 años cuando conoció a Hemingway. Fue en medio de una fuerte tormenta que amenazaba con hacer zozobrar al Anita, la embarcación en la que navegaba el joven norteamericano, cerca de las islas Dry Tortuga, en las proximidades de Key West. Según el relato de [Rafael] Valdés Fuentes [nieto del pescador], más de una vez escuchó decir en su casa, a amigos de Hemingway, que Gregorio había salvado del naufragio a la literatura norteamericana. En realidad, el entonces ya experimentado patrón del velero Joaquín Cisto transportaba pescado fresco a Estados Unidos. Al ver los aprietos en los que se encontraba el Anita, donde estaba Hemingway, decidió tirarle un cabo, ponerlos a buen resguardo y los acogió en su nave. El propio Hemingway relató la historia en su crónica El Gran Río Azul, publicada en julio de 1949».

Un par de años después Papa Hemingway —como lo llamaban los cubanos— se dio a la tarea de escribir una breve obra de madurez con ese estilo directo y sin adornos innecesarios del que tanto se vanagloriaba en sus cuentos, pero en el que a diferencia de esos relatos de corte minimalista, no dejaba nada a la interpretación del lector, pues en estas breves páginas todo está dicho: Santiago lleva ochenta y cuatro días sin pescar; se aventura solo en alta mar; después de cuatro días derrota al pez más grande que haya tenido en sus brazos; los tiburones asedian su pequeña lancha al tiempo que se dan un festín con la presa del hombre, no obstante que el debilitado viejo consigue matar a uno de ellos; regresa a tierra donde todos lo dan por muerto excepto Manolín, quien desde la trinchera de su inocente juventud, lo idolatra casi tanto como a Joe Dimaggio; consigue llegar a su casa y se tumba a dormir… Poco más.

Pero es precisamente la maestría con que el autor retrata el sabor a triunfo en esta derrota, que vemos los méritos por lo que se le concedió el Nobel dos años después de publicar este relato, en 1954, entre otras cosas «por su dominio del arte de la narrativa, más recientemente demostrada en El viejo y el mar, y por la influencia que ha ejercido en el estilo contemporáneo».

Con ello en mente dejamos a continuación el prólogo de la sexta entrega de Clásicos Porrúa en colaboración con Círculo Editorial Azteca, mismo donde Benito Taibo reflexiona sobre la trascendencia de esta obra inmortal:

«Cuando tenía trece años, dos cosas prodigiosas me sucedieron; una en mi cabeza, y la otra, una suerte de enseñanza moral que jamás olvidaré.

Nos íbamos a unas vacaciones maravillosas en La Paz, Baja California Sur, la familia entera. Yo era un muchachito distraído, loco, lleno de ideas y en camino de volverme lector. La biblioteca de mi padre había sido asaltada ya varias veces y él mismo había puesto en la mesita de junto a mi cama aquellos libros que consideraba serían parte fundamental de lo que yo llamo mi educación sentimental. Verne, Salgari, Walter Scott, Karl May, entre otros. Los libros que había leído obligatoriamente como parte de mi otra educación, la formal, en la escuela, sólo me habían llenado de zozobra, complejos de forma y fondo, no habían logrado engancharme en la lectura. Y fue hasta que papá me acercó al magnífico Sherlock Holmes, que entendí que los libros no mordían y estaban allí, listos para mostrarme mundos maravillosos, que con ellos podría meterme en la piel de otros, volar sin moverme, a sentir, paladear, respirar a partir de las letras que se iban sucediendo ante mis ojos. Desde entonces, tan sólo un año antes, ya no podía vivir sin esos cómplices que se volvieron una parte esencial de mi vida. Y, a donde fuera, un libro era mi mejor amigo.

Pero en el viaje que les cuento, olvidé, por loco, como ya dije, el libro sobre la mesita.

No había librerías en La Paz en el año 1973, pero como si de un mago se tratara, el mismo día que llegamos, papá consiguió, quién sabe dónde, uno para mí.

Y no era un libro cualquiera.

Contenía magia.

El viejo y el mar de Ernest Hemingway.

Y puedo decir que pasé cuatro noches con el cuerpo pegado a esa lancha donde el viejo luchaba a muerte con el enorme pez que había atrapado.

Pero no voy a contar la novela. ¡Jamás!

Sólo diré que una de las cosas extraordinarias que me sucedieron fue que empecé a soñar con leones. Y lo sigo haciendo todavía. Leones enormes que jugaban como gatos en la playa y que representan la libertad, lo indómito, lo imprescindible. Para entender por qué es tan importante en mi vida, tendrás que leer la novela que tienes en las manos.

Lo segundo fue que por las mañanas, con una caña prestada, me apostaba en el muelle y pescaba, peces pequeños, algunos muy pequeños, pero yo lo consideraba un reto y un logro personal. Uno de esos días, mi padre se acercó hasta donde yo insistía y vio la hilera de pescados que tenía junto a mí en el suelo.

—¿Te los vas a comer todos? —preguntó muy serio.

—¡No! Son ocho. ¿Cómo crees?

—Sólo se debe pescar lo que se puede comer —dijo. Y me dejó allí, cavilando.

Tenía por supuesto toda la razón. Sólo se puede pescar lo que se puede comer. Lo aprendí enseguida.

Y eso lo sabía también el viejo de la novela que estás a punto de empezar.

Hemingway es uno de mis escritores favoritos. Sin duda.

Y este libro contiene mucho más que palabras. Contiene magia.»

–Por Benito Taibo

Libro: El viejo y mar. Ernest Hemingway. Colección Clásicos, Editorial Porrúa y Círculo Editorial Azteca. Prólogo por Benito Taibo.