Desayuno en Tiffany's ha trascendido sobre todo por su versión cinematográfica, protagonizada por Audrey Hepburn. Este personaje, originalmente destacó por ser más que una cara bonita o por su predilección hacia las joyas. Holly es aquella persona que no es de nadie ni pertenece a ningún lugar. Aquella mujer que mientras más incierta, más encantadora. Una dama que en su inseguridad estableció el estereotipo de la mujer independiente y de la elegancia que hasta ese tiempo se conocía.

Truman Capote escribió algunos de los mejores libros del SXX.  Sin embargo, muchos aseguraban que su mejor creación fue su propia historia. Una vida digna de la mejor novela jamás escrita. Truman Streckfus Persons nació el 30 de septiembre de 1924, en un pequeño pueblo agrícola de Estados Unidos llamado Monroeville. Un lugar en el que las calles no estaban pavimentadas y el reloj de la iglesia siempre estaba cinco minutos atrasado.

El pequeño Truman heredó la gran belleza de su madre, una joven de 17 años, y el encanto de su papá, un estafador profesional. Su madre contrajo matrimonio por segunda vez con Joseph García Capote, de quien adoptaría el apellido. No obstante, ambos lo abandonaron desde muy pequeño y se crió en la pobreza con una prima lejana que lo cuidó como si fuera suyo.

Capote era brillante y precoz, pero también excéntrico y solitario. Aprendió a leer a los cuatro años, y a los 8 empezó a escribir sus primeros relatos cortos. Según sus propias palabras, esto se debió a que era diferente a todos y por lo menos en un papel podía decir lo que pensaba. Su suerte cambió cuando su desaparecida madre apareció y terminó internado en un colegio particular de Nueva York.  Más pronto que tarde, completamente seguro de su vocación abandonó los estudios y se dedicó a hacer notas para revistas. El mayor ejemplo de ello son las notas que escribió para la revista New Yorker a la edad de 17 años.

En su vida escribió una multitud de cuentos, novelas y guiones, sin embargo la obra que lo haría despegar mundialmente, sin ser mejor que otras, sería la que en 1958 publicaría: Desayuno con diamantes o Desayuno en Tiffany's, una novela acerca de Holly, una mujer misteriosa que aunque no tiene dinero disfruta pasar el tiempo contemplando  joyas en el aparador de una tienda y asistiendo a fiestas de ricos.

Más allá de lo mundana que Holly resulte demostrarse, la genialidad de su creación se encuentra en la inquietud que sus acciones impredecibles transmiten. Ella ha sido el personaje más cautivador de Capote. “Atractiva sin ser guapa”, se muestra desbordada de feminidad y glamour tras el cual conscientemente oculta sus tormentos; sin ser de ningún lugar vive los días bajo ausencia de pasado y futuro, entre inocencia y picardía.

Así, Capote entreteje la personalidad de su enigmática protagonista mediante un perfecto equilibrio donde el encanto se balancea de tristeza y el lujo y la ostentación con la inestabilidad e inseguridad de su personalidad, que busca sobrevivir y protegerse del mundo real tras el brillo de los diamantes. A su parecer, al final no hay nada que los éstos no puedan opacar.

Entre despreocupación, amores y corazones rotos, lujos y alta costura, un día sin previo aviso Holly desaparece sin dejar rastro, y tras la inquietud de no hallarla, dos conocidos y víctimas de sus encantos, se reúnen, hablan y describen en el siguiente y fundamental fragmento, un poco de este intrigante personaje.

Todo esto pasó, naturalmente, hace un montón de tiempo, y, hasta la semana pasada, hacía años que no veía a Joe Bell. Alguna que otra vez nos habíamos puesto en contacto, y en ocasiones me había dejado caer por su bar cuando pasaba por el barrio; pero nunca habíamos sido en realidad grandes amigos, excepto en el sentido de que ambos éramos amigos de Holly Golightly. El pasado martes por la tarde, sonó el teléfono y oí. -Soy Joe Bell  ¿Puedes venir a toda mecha? Es importante.-... Supuse que esa extraña llamada tenía que ver con mi excéntrica y desaparecida amiga Holly Golightly.  Tomé un taxi bajo un chaparrón otoñal, y por el camino llegué incluso a pensar que quizá volvería a verla. Pero en el local no había nadie más que el dueño. El bar de Joe Bell es un sitio tranquilo... No ostenta neones ni televisor. Dos viejos espejos reflejan el tiempo que hace en la calle; y detrás de la barra, en un nicho rodeado de fotos de estrellas del hockey sobre hielo, -Desde luego -dijo, desde luego que no te hubiese hecho venir si no fuera porque quería oír tu opinión. Es muy raro. Ha pasado una cosa rarísima. -¿Has tenido noticias de Holly? - Palpó un sobre, como si no estuviera seguro de cómo contestarme y me lo pasó…Dentro había tres fotos más o menos iguales, pero tomadas desde distintos ángulos en las que se veía a un negro alto y delicado, con falda de calicó y una sonrisa tímida pero vanidosa, mostraba en sus manos una extraña escultura de madera…era la viva imagen de Holly Golightly... Afuera había dejado de llover, no quedaba más que un resto de niebla en el aire, de modo que volví la esquina y anduve por la calle en donde se encuentra el edificio de piedra arenisca. La casa de Holly  está a mitad de la manzana, junto a una iglesia en cuya torre azulada da las horas el reloj. Ahora no vive allí ningún vecino del que yo guarde algún recuerdo, con la sola excepción de Madame Sapphia Spanella, una ronca soprano. Sé que sigue viviendo allí porque subí los peldaños y miré los buzones. Fue uno de estos buzones lo primero que me condujo a enterarme de la existencia de Holly Golightly. Llevaba más o menos una semana viviendo en esa casa cuando me fijé en la curiosa tarjeta colocada en el buzón del apartamento 2. Las letras impresas, tan elegantes como si fuese una tarjeta de Cartier, decían: Miss Holiday Golightly, y, debajo, en una esquina, Viajera. Sonaba tan fastidioso como una canción. Miss Holiday Golihgtly, Viajera. Una noche, bastante más tarde de las doce, me despertó la voz de Mr. Yunioshi, que gritaba por el hueco de la escalera. Como él vivía en el último piso, su voz bajaba por toda la casa, exasperada y severa. -¡Miss Golightly! ¡Tengo que presentarle mis quejas! La voz que regresó, emergiendo desde el fondo de la escalera, era juvenil y guasona. -¡Ay, chico, no sabe cuánto lo siento! He vuelto a perder la maldita llave. -No debe seguir llamando a mi timbre. Por favor, se lo pido por favor, encargue una llave nueva. -Es que las pierdo todas. -Yo trabajo. Tengo que dormir -Oh, pero no se enfade, buen hombre, que no volveré a hacerlo. Y, si me promete que no se va a enfadar -su voz se iba acercando a medida que subía la escalera-, dejaré que me haga esas fotos de las que hablamos. En ese momento ya me había levantado de la cama y abierto la puerta un centímetro. Pude oír el silencio de Mr. Yunioshi: oírlo porque estaba acompañado por un audible cambio de respiración. -¿Cuándo? -dijo por fin. La chica se puso a reír. -Algún día -contestó la chica, arrastrando las palabras. Salí al rellano y me asomé a la barandilla, lo suficiente como para ver sin ser visto. Ella seguía subiendo la escalera, llegó a su piso, y la luz del rellano iluminó la mezcolanza de colores de su pelo cortado a lo chico, con franjas leonadas, mechas de rubio albino y rubio amarillo. Era una noche calurosa, y Holly llevaba un fresco vestido negro, sandalias negras, collar de perlas. Pese a su distinguida delgadez, tenía un aspecto casi tan saludable como un anuncio de cereales para el desayuno, una pulcritud de jabón al limón, una pueblerina intensificación del rosa en las mejillas. Tenía la boca grande, la nariz respingosa. Unas gafas oscuras le ocultaban los ojos. Era una cara que ya había dejado atrás la infancia, pero que aún no era de mujer. Pensé que podía tener entre dieciséis y treinta años; resultó finalmente que le faltaban dos tímidos meses para cumplir los diecinueve. Descubrí, observando la papelera que dejaba junto a su puerta, que sus lecturas normales eran la prensa popular, los folletos de viajes y las cartas astrales; que fumaba unos pitillos esotéricos de la marca Picayune; que sobrevivía a base de requesón y tostaditas; que su cabello multicolor no era obra de la naturaleza. La misma fuente de información me permitió saber que recibía montones de cartas del frente. Siempre estaban rotas a tiras alargadas, como registros. A veces me llevaba uno de esos registros para utilizarlo en mis lecturas. "Recuerdo y te echo de menos y llueve y escribe, por favor, y maldita y condenada" eran las palabras que más a menudo se repetían en esas tiras de papel; éstas, y "soledad" y "te quieroA". Además, tenía un gato y tocaba la guitarra. Los días de mucho sol se lavaba el pelo y, junto con el gato, un rojizo macho atigrado, se sentaba en la escalera de incendios y rasgaba la guitarra mientras se le secaba el pelo. Cada vez que oía la música, yo me acercaba silenciosamente a la ventana. Tocaba muy bien, y a veces también cantaba. Cantaba con el acento afónico y quebrado de un muchacho. Se sabía todas las canciones de los musicales de éxito, de Cole Porter y Kurt Weill; le gustaban sobre todo las canciones de Oklahoma!, recién estrenada aquel verano. Pero en algunos momentos tocaba melodías que hacían que me preguntase de dónde podía haberlas sacado, de dónde podía haber salido aquella chica.

Truman Capote logró lo que pocos, conquistar con sus palabras todos los horizontes que quiso. Detrás de todo lo que escribió  siempre hubo un hombre único, rubio, pequeño, con la posibilidad de ver más allá y capaz de convertir lo normal en magnífico. Murió antes de cumplir sesenta, pero su estilo y talento vivirán por siempre, así pasa con los grandes.