(cuento)*

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No sabemos dónde viven, pero la ruta nace en algún lugar del jardín. Las hormigas siguen rigurosamente un camino en el perímetro del terreno. Siguen la reja metálica que delimita nuestro espacio, se escurren entre los surcos de las paredes de ladrillo y, finalmente, se filtran por los marcos de la ventana para entrar a la cocina.

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El condominio fue construido específicamente para mi familia. Una casa para mis padres, otra para mi abuela y una última para mis tíos, cuyo jardín solía ser el mismo que el mío.  Ellos ya no viven aquí. Ahora, hay una reja gigante que divide las dos casas.

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Laura odia a las hormigas. Todas las mañanas, cuando baja a preparar el desayuno, las encuentra devorando las galletas de la despensa. Tiene un ritual bien definido para tratar con ellas: empapa una jerga vieja y les suelta el agua encima para ahogarlas. No entiende por qué siguen regresando si siempre las mata. Quizá, piensa después, necesitan la comida.

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Llevamos encerrados casi tres meses y no sabemos cuánto duraremos así. Desde entonces, los objetos que ya estaban aquí se notan más: los habitantes, los que ya no habitan aquí, las hormigas. Mi padre es el único que sale con frecuencia. Tiene miedo de salir, pero debe hacerlo para mantener la casa. Cuando regresa, corre a la regadera y abre la llave. En el suelo empapado, encuentra hormigas ahogadas.

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Un cosquilleo escala mi cuerpo y se pasea por mi mano mientras intento escribir. Toda la casa está invadida. Encuentro avenidas de hormigas en los baños, en la sala y hasta en mi cuarto. Rubén, el portero del condominio, afirma que hay más hormigas porque dejamos de fumigar desde que mi tía enfermó.

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El primero en llegar al condominio fue Rubén. Mis padres le pidieron que ocupara el terreno para cuidarlo de invasores y el arquitecto le construyó una pequeña casa con un cuarto, cocina y baño para que viviera cómodo. En ese entonces, el lugar era un lote baldío. Rubén recuerda los árboles, los arbustos y las hormigas, que estaban ahí desde antes de que él llegara.

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Entro a mi cuarto y mi cama ya no está donde me gusta. Mi mamá asegura que junto a la ventana se ve mejor, aunque yo me muero de frío en las noches. El aburrimiento la ha llevado a reordenar toda la casa, incluso las partes que no le pertenecen. Intenta hacer suyo todo el espacio, pero hay una cosa que no logra controlar: las filas rebeldes de hormigas que corren por todos los rincones y se apropian de la casa desde las grietas.

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La familia de Rubén ha crecido desde que se mudó al terreno. Se le han sumado su esposa y tres hijos, quienes invaden las áreas comunes con sus juguetes y su ropa que se seca bajo el sol. Los cinco deben de compartir una casa con tan solo un cuarto y una terraza techada, donde pasan la mayor parte del día ahora que no pueden salir. Para divertirse, los niños juegan en los pasillos y matan a las hormigas que invadieron el condominio.

«Yo sé que la casa no es mía», dice Rubén, «es prestada».

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A mi mamá le molestaba que mis primos entraran gritando a nuestra cocina y se robaran la comida. Hoy afirma que la puerta siempre estuvo abierta para ellos. Aquí también era su casa.

Ya nadie se come las galletas. Cuando se echan a perder o se llenan de hormigas, recordamos que no conocemos a nuestros nuevos vecinos.

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Laura también sabe que la casa no es de ella, pero es quien la cuida más. Limpia las filas de hormigas sobre los marcos de las ventanas y pasa horas siguiéndolas para encontrar dónde viven. Hace un año que Laura no ve a sus hijos. Su sueño es vivir con ellos, pero en su pueblo no hay trabajo.

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Mi madre reordena las fotos viejas y los papeles de la casa. Revisa lo que hay en los cajones y se los da a Laura para que los acomode en su  nuevo lugar. Aparecen imágenes de la obra en construcción, de nosotros, de mis primos; incluso de Laura y Rubén. Mientras limpian, ríen y platican del pasado. Mi mamá siempre ha buscado que todos se sientan en casa. Afirma que esta casa no es de ella, que es de todos los que la habitamos.

Después encuentra los documentos importantes: las escrituras del terreno, donde solamente se leen dos nombres; mi papá y mi mamá.

© REUTERS/Joseph Campbell

 

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Mi hermano leyó en algún lado que las casas se construyen con recuerdos. Por eso se fueron mis primos. Había tantos que ya no cabía nada más. Fueron como un cáncer que invadió todo hasta que fue imposible respirar ahí.

Cada vez que mira la puerta de metal, mi hermano recuerda a mis primos. La casa sigue siendo suya, concluye. Sólo está rentada.

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Rubén es el único que sigue entrando a la casa de los vecinos. Corta las plantas viejas y tapa los hoyos en los marcos de las ventanas. Cada vez que entra encuentra una casa diferente. Un día está arreglando una fuga en la sala y al día siguiente descubre que ese lugar ahora es un estudio, un dormitorio o una bodega.

Los vecinos, dice, no han logrado establecerse en su nuevo hogar porque, en el fondo, no les pertenece. Las paredes siguen donde siempre estuvieron y las puertas se mantienen intactas ante el tiempo. A veces, Rubén se queda mirando la entrada principal y recuerda la última vez que vio a mi tía salir de ahí. Es difícil olvidar. Es como si una parte de ella todavía viviera ahí.

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Laura encuentra un hoyo bajo la duela de la sala. Toma una manguera y apunta hacia el lugar. El agua penetra las grietas y se mete hasta el subsuelo. Desde las entrañas del terreno surge una masa negra huyendo del líquido. Millones de patas se arrastran entre los tablones rotos de la casa. Rompen el yeso de las paredes, abren espacios entre los mosaicos y salen a la superficie desde las coladeras. Laura intenta matar a las hormigas, pero son demasiadas. Mientras mi familia grita y pelea con los invasores, mi madre llama a Rubén para que fumigue la casa. Mi papá entra por la puerta y pregunta que de dónde salieron tantas hormigas. Rubén lo mira y le dice que siempre han estado ahí, que ésa también es su casa.

*Emiliano Pérez Grovas Zapiain. (Ciudad de México, 1995) Egresado de la Licenciatura en Comunicación con Especialidad en Cine por la Universidad Iberoamericana (UIA). Participó en el V Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes Jesús Gardea. Desde entonces se ha dedicado a la creación de relatos escritos y audiovisuales. Ha colaborado en revistas literarias como Puntos y Comas, Marabunta y De-lirio y ha presentado cortometrajes en festivales como el Portland Comedy Film Festival, Big Shoulders International Film Festival y el Tijuana Film Fest.