Todos conocen las historias que hicieron trascender a Charles Lutwidge Dodgson, mejor conocido por su seudónimo Lewis Carroll. Las famosas novelas de Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo se han convertido en hitos de la literatura universal. Lo que no es tan sabido, es que la bisnieta de la emblemática Alice Liddell se sirvió de las fuentes y testimonios familiares para recrear lo que realmente sucedió detrás del Conejo Blanco y del Sombrerero Loco. Te invitamos a descubrir todo tras bambalinas.

La realidad detrás del espejo

Incontables disertaciones han surgido alrededor de la obra de Lewis Carroll, algunas como: ¿Quién fue Alicia? ¿Por qué el autor creó un mundo tan disparatado? ¿Qué relación tenía con ella? ¿Qué tanto refleja el libro su época? ¿De dónde salieron tantos personajes tan extraños?

Unas y otras versiones han intentado responder a ello poco a poco. Sin embargo, no sabremos con certeza qué fue exactamente lo que sucedió y ello, de alguna forma, añade tanto al autor como a su obra, los ingredientes que siguen atrayendo a infinidad de lectores conforme pasa el tiempo. Pero entre tanto, ¿qué pasaría si de todo lo que se ha dicho pudiéramos tener un acercamiento, más próximo todavía, a lo acontecido a través de una verdadera descendiente de Alice Liddell, la pequeña que inspiró al autor?

La casa del espejo es la obra escrita por Vanessa Tait, bisnieta de Alice, y la historia novelada más apegada a la realidad, pues en ella se observa, en primera instancia, el aspecto familiar y, enseguida, el documental, en función de que su existencia es el resultado de la consulta de las cartas de la señora Liddell y del propio Carroll, por no dejar de lado los diarios del autor y los testimonios de su madre y de su abuelo, hijo de Alice.

No obstante, los aspectos que hacen de este libro algo especial son, en principio, el riguroso estudio que la autora realizó sobre la época victoriana, para así, enmarcar a sus personajes en un verdadero siglo XIX coloreado de ficción. En segundo lugar, es la historia misma: Tait sitúa su narración durante el tiempo en que Carroll conoció y convivió estrechamente con la bien posicionada familia Liddell como profesor de matemáticas y fotógrafo, y en especial con Alice, la segunda hija del matrimonio, relación de la que surgirían las dos creaciones más trascendentales del autor.

La cereza de este robusto pastel es el narrador mismo de la novela, pues la autora necesitaba que los ojos a través de los cuales se contara, fueran los de alguien que estuviera cerca de las tres niñas, esa persona que vigilara sus movimientos y actitudes. Por ello eligió a Mary Prickett, la institutriz, quien efectivamente existió.

Su punto de vista parte de una joven que tendrá que educar y disciplinar a las hermanas y en especial a Alice, por quien pronto desarrollará una peculiar animadversión, sobre todo porque será la pequeña rebelde de 10 años quien despertará un interés especial en el reverendo Charles Dodgson, o Lewis Carroll, como se le conoce desde antes.

En el libro, el primer encuentro de las niñas con el señor Dodgson sucede en una fiesta organizada para la reina. Es notable lo pronto que el autor queda encantado con Alice por medio de su personalidad desinhibida y vivaz. El fragmento a continuación, sitúa otro de sus encuentros, pero esta vez a través de una sesión fotográfica.

Mary estaba sentada a la mesa de la sala de estudio, una especie de trastero con tan solo cuatro pupitres encaramado en lo alto de la casa del señor Liddell. Cuando la contrató, la señora Liddell le había dicho que solo tenía que seguir por donde lo había dejado la antigua institutriz. Fuera, los dientes de león estaban radiantes y locuaces. De pronto un hombre atravesó su campo de visión, por en medio de la amplia extensión de césped, con unas ropas y un sombrero tan negros que al principio ni siquiera se le distinguían los rasgos. Fue entonces cuando lo reconoció como el señor Dodgson, el hombre de la fiesta. —¿Puedo terminar ya? —preguntó de pronto Alice. —Has hecho todo lo que te he mandado? —Sí. Además ya lo tenía hecho… Alice alzó el labio inferior, sopló aire hacia arriba y se alborotó el flequillo. Mary se había dado cuenta de que la niña tenía la manía de suspirar; es más, eran unos suspiros teatrales, como remedos que quisieran llamar la atención sobre el hecho en sí de estar suspirando. Tenía el pelo reluciente y como impermeable al agua. Cuando se le reprendía, las palabras le rebotaban. —Alice, las señoritas no soplan tanto aire. En el futuro, cuando te entren ganas de suspirar, haz el favor de contener el aliento. —¡Pero podría ahogarme! —Es imposible ahogarse a una misma, como bien sabes. Limítate a contener la respiración hasta que se te pasen las ganas de suspirar. —Pero si contengo la respiración, lo único que querré será suspirar más, ¿no?, una vez que se suelte el aire… —De acuerdo, entonces cuando lo sueltes vuelve a contenerlo. O respira normalmente, que supongo que sabrás cómo se hace. Vas a deprimir a tus hermanas con tanto suspiro. Alice tenía los labios muy rojos y las pestañas muy largas. Ni un lunar, venilla o manchita asomaban por sus poros. Mary miró el reloj. Todavía quedaba media hora de clase para salir todas al jardín a tomar el aire… Aunque no hacía calor, el sol primaveral pegaba con fuerza. Las niñas corrían por delante, sus piernas removiendo los nuevos vestidos blancos hasta convertirlos en espuma. Rodeó el seto, se le estrecharon los ojos y aunque contaba con encontrárselo, la impresionó estar a punto de chocar con el señor Dodgson, su mejilla a tan solo unos pasos de la chaqueta del hombre. —Siento mu-mu-mucho haberla asustado. Creía que era la señora Liddell. Me ha dado..., bueno, nos ha dado permiso para usar el jardín y pro-probar a hacer una foto de las niñas. ¡Le ruego que me perdone! —Anda, señor Do-Do-Do- Dodgson —dijo Alice, que apareció en la esquina del seto—. ¿Ha venido a hacerme fotos? —Sí, mi querida Alice. Mira, ya está todo listo. —Señaló una mesa cubierta con una tela de rayas y una silla en medio del césped. —No sabía que teníamos que hacer otra fotografía —comentó Ina. —No será mucho rato. —Conforme andaba, iba poco a poco dirigiendo a las niñas hacia el mueble— Quiero que hagáis como si estuvieseis dándole de comer cerezas a Alice. —Edith, ve a sentarte a la mesa. Ina, tú quédate de pie dándole la espalda, de cara a Alice. ¡Eso es! Parecía magia, pensó Mary: poder cristalizar la imagen exacta de algo en una placa fotográfica, como si se colaran en ella los espíritus.

Las fuentes afirman que fue el 4 de julio de 1862 el célebre día en que las niñas fueron de paseo en barca con Carroll, evento que supone el surgimiento de las aventuras y acertijos que devinieron en la creación de Alicia en el país de las maravillas. Por su parte, se estima que las fotografías llegaron a ser 3000, de las cuales solo se conservan 1000. Hoy podemos encontrar algunas, y son estas las que nos han permitido ponerle cara a las personas que formaron parte del proceso creativo del autor: las hermanas Liddell, el autor y, sin duda, la distintiva época victoriana.

Esta obra nos recuerda la importancia de la historia y de las fuentes. Es maravilloso que el tiempo pueda regalarnos su versión. Finalmente, es a través de nuestro pasado que podemos explicarnos. Sin Carroll, nadie se preguntaría quién fue Alice y es gracias a él que podemos conocer y pasar desapercibidos entre los recovecos del mundo que dio vida a Alicia en el país de las maravillas.

Libro: La casa del espejo, Vanessa Tait. Roca Editorial.