(cuento)*

Te pedí que le subieras al fuego, dijo autoritaria. Me ordenaba que pusiera más alta la lumbre para que se acabara de hacer en menor tiempo una sopa que ella había iniciado y que como siempre, por su indolencia y desarraigo, yo habría de terminar. Debí obedecer desde el principio y subir el fuego y descuidarlo para que el caldo se consumiera y el fideo se pegara a la olla, y así humillarla diciéndole que no podía ni hacer una sopa y que tenerla a ella o a un perro con permiso de entrar a la cocina, era de la misma eficacia y quizá, aquel, con menos ladridos y más cariñosas satisfacciones. Sin embargo, anterior a su orden, me preguntó si podía cuidar la sopa y yo asentí mansamente y me dejé envolver otra vez por ese modo tan ralo de la cotidianidad. O quizá lo hice porque sabía que eso acabaría mal. Pero cómo tener clarividencia en estos asuntos si llevamos años dejándonos arrastrar por una inercia que nos anula.

Por qué no le has subido al fuego, preguntó ya de mala gana. Porque va bien, se está haciendo bien y si le subo al final no va a tener buena consistencia, se va a evaporar muy rápido y el jitomate no se va a cocer como debe y... Y quién la está haciendo, tú o yo, me interrumpió; entiende que no tengo todo el día para esperar a tragar una sopa; me tengo que ir, tengo cosas importantes.

Lleva años haciendo cosas importantes: una diaria y siempre, todas, sin resultados ni evidencias concretas.

Pues ve, haz tus cosas importantes y mientras las haces come algo en la calle; no me voy a comer una sopa mal hecha nada más por tus prisas, (imbécil), lo último no lo dije, lo pensé como un remate perfecto. Y es que mi lengua se ha hecho de amarres y tiene un freno que hasta el momento creo preciso, pues amaga una violencia que podría hacernos aún más daño.

O sea que además de que hago de tragar a ti te da igual si como aquí o en la calle. Sí, y como me da igual, aquí estoy de idiota cuidando tu sopa. Si también vas a tragar tú. Ya no seguí, dejé que ganara. Le subí al fuego. Serví de malas. Comimos en silencio. Está buena, me dijo al final, y yo no tuve ánimo para contestarle algo, aunque le sonreí complaciente.

Por la noche leí que en Islandia hubo una tribu originaria que en los días más fríos de inviernos desollaba zorros polares —solo hembras—, animales que ya estaban ahí mucho antes de que el hombre llegara y cuya piel era suficiente para cubrir un cuerpo humano. Los varones de la tribu entonces portaban la piel durante los días más crudos del invierno. Día y noche la pasaban envueltos en ella encerrados en chozas que construían en el bosque, lejos de su asentamiento original. Durante esos días y noches de inmovilidad física comulgaban con el animal y fortalecían un orden totémico indispensable para la buena andanza del año siguiente. Las mujeres y los niños, durante el mismo tiempo, debían dormir envueltos en las pieles viejas que los hombres habían usado el invierno anterior. Cuando estos salían de las chozas se hallaban renovados, antes de marcharse quemaban el campamento y de inmediato se hacían camino para volver con el resto de la tribu. Tenían prohibido volverse a mirar el humo que dejaban tras de sí. Las mujeres y los niños los recibían jubilosos y tomaban de manos de los varones las pieles que serían su cobijo del año entrante. Los días siguientes la tribu dejaba comida en los bosques en agradecimiento a las hembras que habían permitido el renacimiento de cada hombre y la promesa de la bonanza para la tribu entera.

© AP | National Geographic

La historia me pareció inquietante. Cerré el libro. Apagué la luz de la lámpara y, sin poder dejar de pensar en aquel ritual, me fui quedando dormido. Llovía y el golpeteo del agua contra la ventana penetró en mi entresueño e imaginé tambores que acompañaban y ritmaban el orden de las imágenes rituales: el desollamiento, el resguardo, la comunión, el sueño de los hombres envueltos en pieles de hembra.

Luego del problema de la sopa, al tercer día, volvimos a pelear por un supuesto desorden que dejé en el baño. No puedes apretar la pasta así, debe hacerse desde abajo, no a la mitad, cómo se te ocurre, y me mostró el tubo como si aleccionara a un niño idiota. Imaginé su piel envolviéndome en noches frías, su carne silenciosa, sin reclamos. Sería confortable; como antes cuando solíamos dormir abrazados durante toda la noche. Al día siguiente amanecíamos entumidos y entonces despertar era como rehacerse, abrir los ojos era descubrir el relumbrón del sol y respirar era llenarse del aire fresco purificado por el alba. Apreté el tubo de pasta por la parte de abajo para rehacer su forma. Tampoco es tanto problema, le dije mostrándoselo como si ahora fuera ella la idiota. Me echó fuera del baño, abrió la regadera; me tiré otra vez en la cama y me quedé dormido. Cuando volví a abrir los ojos la encontré frente al espejo expurgándose los puntos negros de la nariz. Miré el reloj. Ya era tarde para que siguiera en casa. ¿No vas a salir hoy? Negó con la cabeza. Su negativa me puso de mal humor y planeé de inmediato una escapatoria. Luego me sorprendí ridículo inventando un pretexto para largarme. A ella qué iba a importarle. Así que antes de mediodía me dispuse a salir. Me voy, le dije. Ajá, contestó sin mirarme y con el rostro azulado por la luz de la pantalla de la computadora.

Me paseé unas cuadras planeando lo que haría toda la tarde. Me metí a un parque y ocupé una banca debajo de un árbol. La humedad de la lluvia de la noche anterior arreciaba el olor verde que inhalé profundo limpiándome los pulmones. La naturaleza purifica. Recordé a la tribu islandesa. Ni siquiera sé dónde se encuentra Islandia, pensé. Entonces decidí qué hacer. Primero iría a dar una vuelta a alguna librería para hallar, uno, la ubicación de aquel país y, dos, más información sobre pueblos que tuvieran rituales similares. Después de ahí buscaría un lugar donde comer carne, un buen pedazo de vaca, para más tarde meterme a un bar y embriagarme hasta salir arrastrándome. A ella la ponía furiosa verme borracho, y borracho me vería.

Encontré una leyenda de la costa norte de Europa donde un hombre joven que vivía cerca del mar, una noche, bajo la luna llena, decidió salir a caminar y se topó con una manada de focas que nadaba hacia una playa desierta. Las focas salieron de su piel y se mostraron como jóvenes hermosas que se pusieron a danzar sobre la arena. El hombre decidió robar una de las pieles y así imposibilitó que una de las mujeres se revistiera con su piel de animal. Entonces ella se vio obligada a marcharse con él. Se casaron y tuvieron un hijo. La mujer, sin embargo, nunca dejó de buscar desesperada, aunque sin éxito, su antiguo atuendo. Hasta que un día su hijo encontró la piel escondida en un viejo arcón. Extrañado por el hallazgo se la mostró a su madre y ella, premurosa, aprovechó para ponérsela y se marchó a la playa y se arrojó a las aguas frías del mar donde nadó hasta perderse.

© Mario González Suárez

Compré el libro, por supuesto, y lo hojeé durante la comida. Decidí al final cambiar de sitio para comer y mejor resolví meterme a un restaurante de mariscos donde devoré una mojarra bañada en mantequilla y espolvoreada por cuadritos de ajo frito. Cuando acabé de comer ya rozaban las cinco de la tarde y me encaminé hacia la cantina. La habían remodelado. Los espejos a lo largo de las paredes a los costados de la barra la hacían ver más grande, aunque se volvía confuso, aun sobrio, mirase en un mismo lugar y repetido en distintos sitios.

Es como en esas películas donde la gente tiene dobles, me dijo un hombre que estaba sentado a la barra y que se percató de mi desconcierto. Me senté a su lado. Se ve bien, dije. Se ve nueva, por lo menos, respondió él. Nunca lo había visto y, sin embargo, nos hicimos de una plática liviana y ágil. Pedimos una botella y le propuse que nos fuéramos a sentar a una mesa, para más comodidad. De qué es el libro, lo señaló. De mujeres que son animales, dije solo por responder algo. Sonrió: Yo tenía una en casa, feroz, muy feroz, y se empinó lo que sobraba en su vaso. Me reí diciéndole que yo entendía muy bien de lo que me hablaba. Cambiamos de tema pero la plática ya duró muy poco, pues mi nuevo amigo empezó a perder el juicio y sus habilidades para pensar y responder terminaron arrastrándose, ininteligibles. Recargó los brazos sobre la mesa y puso la frente encima de sus antebrazos. No se durmió de inmediato, siguió balbuceando durante varios minutos. Miré en torno. Había ya más gente multiplicada por los espejos. Un olor a vainilla y humo de cigarro, un humo fuerte de tabaco negro, llamó mi atención. Busqué con la mirada. En la mesa detrás de mí había una mujer sola. Fumaba. Era gorda, con la cara sobre enjalbegada, acicalada con tal esmero que en lugar de soliviantar su fealdad la hacía más evidente, era como si la adornara con orgullo. Se removía sobre el asiento, miraba en derredor, cruzaba las piernas, hacía ademanes de un modo muy vulgar y desfachatado; sin el más mínimo recato se echaba un puño de cacahuates a la boca y masticaba ruidosamente. Me sonrió. Su vestido era corto y apretado y de flores amarillas. Parecía una oruga envuelta en un mantel de cocina. Le sonreí. Ya se durmió tu amigo, dijo con una voz nasal. No le dije que lo acababa de conocer, sino moví la cabeza ambiguamente. ¿Me paso para allá o te pasas para acá?, preguntó. Me levanté. Me senté junto a ella. El olor se intensificó y me provocó una especie de hipnosis, como si se tratara de una emanación adormecedora de incienso y no de su humor y el humo del cigarro. Bebimos. Todo lo que yo decía la hacía reír, a veces, demasiado escandalosamente. Se levantó para ir al baño, se disculpó y pasó detrás de mí rozando su cuerpo contra mi espalda. Se quedó a la altura de mi omoplato un hormigueo placentero. Su olor era indeleble. Pedimos un último par de tequilas. Me propuso que saliéramos de ahí, que nos fuéramos juntos. Me encantó la idea de engañar a mi mujer con ese esperpento. Era como una venganza sutil que les quedaba perfecta tanto a ella como a mi miseria. No se te vaya a olvidar tu libro, me dijo señalándolo.

Cuando llegamos al hotel yo me sentía borracho e intensamente animado e incandescente. La miré subir las escaleras y me pareció atractiva, y cuando me cobró por adelantado y jugueteó con el descuento y frivolizó toda aquella escena de complicidad y de intimismo que ya habíamos tramado, me sentí eufórico. Llegaré a mi casa, pensé, no solo oliendo a esperpento sino también a puta. Era tan catártico que se ofreció como un paraíso en el que desahogaba años enteros de no sentir un deseo real, una pasión incendiaria que tendiera al placer y no a la humillación y a la furia. Pagué.

Su piel era demasiado lisa, de un color oscuro casi grisáceo, sin imperfecciones, como si fuera una muñeca de poliuretano que sudaba excesivamente. Corrían mis manos de arriba abajo, mi lengua se atascaba del salado sabor de su carne. Se movía encima de mí y temblaba el cielo. Se acomodaba debajo y era un mar proceloso y blando en el que me hundía. Cómo una mujer tan horrenda podía prodigar un placer tan inusitado. No había sentido, ni siquiera en los momentos del pasado en que deseé amorosamente a alguna mujer, aquella gula que se tornaba anímica y se aterraba de abandonar el presente y su esplendoroso instante. Era como sumergirse en un agua tibia y apaciguada que prodigaba calma y anulaba las incomodidades del deseo, de los instintos primordiales. Terminamos y me abracé, más bien, me adherí a ella. Cada poro de su cuerpo expelía una pomada caliente que se untaba a mi carne. De entre sus piernas salía un olor ictíneo que me llenaba la nariz. No deseaba que acabara, mas como sabía que el instante se haría pasado, intenté con un beso largo impregnarme de ella y de la sensación de vida que me devolvía.

Salí del hotel orgulloso y renovado y, sin siquiera pensar en mirar atrás, caminé decidido directo hacia mi casa. Quería llegar aún frescamente hediondo.

Abrí la puerta del cuarto. Ella estaba sentada en la cama aún con su computadora enfrente. Me recosté a su lado. Vienes borracho, me dijo malhumorada y sin mirarme. Me acordé del libro que había comprado: lo olvidé en el hotel. Apestas a alcohol, y como a ajo y pescado…, como a sardina, me reprochó. Te engañé con una foca, le contesté y me desternillé de risa. Era una carcajada de esas que evidencian la existencia, una risa escandalosa que revela que detrás de un pobre diablo como yo hay un cabrón con un corazón que late. Entonces ella me miró, me miró percatándose de mi verdadera presencia y se echó a reír también. Hizo su computadora a un lado. Se abalanzó sobre mí. Nos desvestimos a jalones, besándonos en medio de aquel hedor excitante. Su piel era más bien seca, sudaba poco y, de vez en vez, se separaba de mí desconcertada para mirarme y constatar que era yo quien estaba ahí. La eché de espaldas. Entré en ella. Me moví frenético como una lagartija apoyando el peso de mi torso sobre los brazos, empujando las caderas. Terminamos quedando frente a frente y ella gozó un orgasmo que la hizo retorcerse; doblegada su conciencia, cerró los ojos y así los mantuvo unos segundos. Luego los abrió para mirarme: Después de todo te quiero, dijo. Y yo a ti también, le respondí.

*Texto cedido por el autor y Paraíso Perdido, perteneciente al libro del mismo título. ¡Adquiérelo AQUÍ!

 

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Mario Sánchez Carbajal (Ciudad de México, 1983). En 2013 Ganó el Premio Nacional de Cuento Acapulco en su Tinta, con el cuento La púa del erizo y, en este mismo año, obtuvo el Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri con La línea de las metamorfosis (FETA). Con su libro Muerte derramada (2da ed. Malabar Editorial) ganó el Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola 2014. En 2015, su novela Bilis negra (INBA), se hizo acreedora al Premio Bellas Artes Juan Rulfo para Primera Novela y, en 2017, su libro La piel de la mujer foca (Paraíso Perdido, 2018) obtuvo el Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez. Con su último libro Liminares, suicidas e insomnes (Malabar Editorial, 2022) obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2022, en la categoría de cuento.