«La literatura y las mariposas son las pasiones más dulces de la humanidad». –Vladimir Nabokov

Sin duda alguna, hablar de Nabokov es hablar de Lolita, novela cuya prosa posee sutiles matices poéticos, juegos de palabras únicos y una clara temática lúbrica que podría llevarnos a un sinfín de dilemas éticos por el contexto en el que se desarrolla, sin embargo, esto no evita que dicha seducción nos embriague y nos mantenga dulcemente encandilados con su lectura. No obstante, además de las letras, hubo otra pasión que cautivó al escritor ruso durante toda su vida: la caza de mariposas.

 

A pesar de su genio literario, Vladimir Nabokov es más que obras como La dádiva (1937), Pnin (1957) o Ada o el ardor (1969), pues también fue un hombre de peculiaridades, mismas que retomarían importancia más tarde y es que este hombre, que emigró a Estados Unidos a causa de la Revolución rusa, tenía bajo el brazo ciertas aficiones que revoloteaban por el aire: las mariposas, fascinación que surgió desde los siete años —según relata en Habla, memoria (1951)— edad en la que su interés por los lepidópteros fue evidente, al grado de que un año más tarde, le regalaría uno de estos insectos a su padre mientras pasaba tiempo en prisión por temas políticos.

Pero así como las orugas se transforman, su afición también, a tal grado de involucrarse en la búsqueda constante de esta especie, pues en una estancia en Colorado consiguió escalar a más de 10 mil pies de altura en aras de atrapar a la primera hembra en cautiverio de la lycaeides argyrognom, que por cierto, terminó por aprehender. En este punto cabe decir que su gusto no se limitaría solamente al coleccionismo de aficionado, sino a un escrupuloso estudio entomológico, siendo el primero en clasificar a las mariposas azules de América, destacando aquí la metodología de estudio que estableció por medio de la observación genital de estos insectos.

 

Es curioso saber que las teorías sobre la vida que tenía el gran autor ruso no solo quedaron en su novela Desesperación (1934), sino que sus especulaciones llegaron incluso acerca del origen de las mariposas, arrojando una hipótesis al respecto en la que explica que tal especie surgió en Asia para después migrar a América por la ruta del estrecho de Bering y establecerse en Chile, razonamiento que no resulta descabellado, incluyendo dibujos sobre el tema, pues hay cientos de ellos en los cuales no solo podemos apreciar el romanticismo de su coleccionismo, sino también el detalle descriptivo sobre este insecto.

Pero como en todo, la polémica siempre existió al haber lepidopterólogos quienes tildan de mediocre el trabajo investigativo de Nabokov, pues consideran que no hizo ninguna aportación científica relevante, sin embargo, el autor de Lolita (1955) fue capaz de clasificar a muchas de ellas, entre las que se destaca la cyllopsis perpetida dorothea en honor a Dorothy Leuthold, una alumna suya a la que enseñaba ruso.

Ya para finalizar diremos que Nabokov, a lo largo de su vida entre escritos, clasificaciones entomológicas, cátedras universitarias y dibujos que decoraban sus libros —además de ser el marido perfecto para Vera, su esposa—, dejó una novela inconclusa llamada El original de Laura (1974) que fue subastada por la prestigiosa casa Christies hace ya varios años, cerrando con ello una gran obra y una interesante vida, la que solo un verdadero y polémico autor es capaz de vivir fuera de los libros.