(cuento)*

Para Samantha P. H.

 

Yo conocí Nautla cuando tenía diez años. Fui con mis papás, mi tío Juan y mi hermana porque mamá quería ir al mar, comer pescado a la talla y camarones al mojo de ajo.

Dice mi mamá que cuando ella tenía cinco años, la playa de Nautla todavía estaba cubierta de piedras grises. En el pueblo había muchos talleres donde la gente trabajaba el vidrio. El mar era verde como las esmeraldas y había cangrejos ermitaños por toda la costa.

Poco después de que mi mamá la visitara con mi tío Juan y mi abuelita, el huracán Silvestre desbarató todos los talleres, llenando la playa de trozos de vidrio de colores que ahora cubren la orilla del mar de Nautla como dulces.

Mi mamá y mi tío se sorprendieron cuando bajamos del carro. Los hoteles que recordaban ya no existían, solo estaban la posada La mansión, donde la noche era impagable, y unas casitas de madera en la playa donde se podían hospedar hasta dos familias en cada una. Mis padres decidieron que pasaríamos la noche en esas últimas. Me extrañó no verlos desanimados a pesar de que en la casita se colaba el aire y se metían los cangrejos por debajo de las tablas. Todos los espacios estaban separados por cortinas: la otra familia, el baño y también la sala de televisión.

Mis papás salieron a comprar agua, galletas y su medicina para dormir. Mi tío se sentó en una de esas sillas que parecen una hamaca en medio del cuarto a cuidarnos y no tardó en quedarse dormido. Samy y yo jugamos un rato en el piso hecho de cuentas de vidrio de colores. De repente encontrábamos pedazos pulidos de trastes y animales, había algunos un poco más grandes que la palma de mi mano, pero nada entero. Estaba lleno de cuentas y gotas. Algunas brillaban, otras eran opacas. Estas, aunque nunca hubieran sido tazas ni animales, tenían formas en las que adivinamos algunos seres e incluso personas para jugar con ellas. Comenzamos a armar una granja con las figuras.

—Todo lo bueno se queda a la orilla del mar —dijo una voz desde la sala de televisión—. Ahí está lleno de cosas.

Samy y yo nos asomamos. Había un chico de unos 18 años mirando a la pantalla.

—¿Cómo supiste que veíamos piedras? —le preguntó Samy.

Él se encogió de hombros y contestó sin dejar de ver la tele:

—Todos lo hacen al llegar.

—¿Cómo sabes que lo hacen todos?

Cuando Samy pregunta termina incomodando a la gente, al menos eso dice mi mamá, así que decidí cortar su racha con una pregunta más simple.

—¿Cómo te llamas?

—Ángel —dijo sin despegar la vista de la pantalla. Ángel era, quiero pensar que aún es, alto y delgado. Imaginé que sería hijo de la familia con la que compartíamos la cabaña; me senté junto a él, Samy me siguió. Ángel veía un canal donde solo pasaban imágenes de distintos lugares del país y mencionaban cómo estaba su clima cada tanto.

—Cámbiale. Está muy aburrido —dijo Samy.

Shhht —respondió Ángel llevándose el dedo índice de la mano derecha a la boca.

—Veracruz —anunció la televisión—, veintisiete grados, cielo despejado.

El cielo nocturno apareció en la pantalla al ritmo de una canción tranquila, luego la pantalla se dividió en cuatro para mostrar distintas localidades de Veracruz. Ángel miraba con detenimiento, como si pudiera ver algo invisible para Samy y para mí. Como si pudiera leer las estrellas del cielo.

—Está empezando —dijo Ángel y salió por la sala hacia la playa dejando la puerta abierta. Samy y yo nos quedamos viendo un momento. Ella no dudó y fue tras él. Yo los seguí.

Tal como nos había dicho, la orilla del mar estaba cubierta de objetos de vidrio: tazas, vasos, animalitos, incluso una jarra en tonos verdes y amarillos que tomé para mamá. Las cuentas de colores brillaban con la luz de los últimos rayos de sol, las estrellas y la luna. Puse la jarra en el piso y metí mi mano entre las cuentas lisas. Se escurrieron entre mis dedos, tibias. Sus colores eran intensos y reconfortantes como si cada cuenta fuera una pequeña realidad. Tomé una para ver su interior.

—Mira —me dijo Samy dejando caer varias de las cosas que había recolectado.

Solté la cuenta. Ángel estaba frente al mar, veía hacia el cielo donde los últimos rayos del sol se ocultaban, y en la franja violácea que se formó separando el día y la noche se observaban estrellas fugaces que provenían de todas partes del cielo oscuro precipitándose hacia el horizonte. Nos acercamos a Ángel, que nos tapaba la luz.

—Éscaton —dijo Ángel.

—¿Escapunk? —preguntó Samy, que había escuchado a tío Juan decir la palabra suficientes veces como para que se le grabara.

—No, dijo escatón, me suena como escatológico —respondí citando otra de las palabras favoritas de tío Juan. Nos callamos ante el silencio de Ángel. Él nos seguía ignorando mientras observaba el cielo y el mar con los dedos de la mano izquierda y derecha entrelazados frente a él. También vimos hacia el horizonte, donde una figura blanca surgió en la lejanía y se acercó a nosotros por el mar.

—¿Qué es? —preguntó Samy sin dirigirse a Ángel o a mí.

—Una ballena —dije, segura. La figura, lejanísima, parecía un semicírculo enorme que venía por la superficie del agua, con una protuberancia encima.

—No hay ballenas con cuernos —dijo Samy.

—A que sí, se llaman narvales —contesté.

Conforme la figura se acercaba, ya no estuve tan segura de que fuera una ballena. Su cuerpo se fue perfilando, como si adelgazara poco a poco conforme se acercaba, haciéndose más nítido, como si antes hubiera sido solo la mancha de la idea de un animal.

—A que no —replicó Samy.

Ángel volteó a mirarnos un segundo, torció la boca y luego se concentró de nuevo en el horizonte.

—No, no es una ballena. Es un caballo con cuerno —dijo Samy.

—No, los unicornios no existen. No seas tonta —le contesté.

Pero sí parecía ser un caballo. La protuberancia, que antes me había parecido tan clara, ya no lo era, como si más bien fuera parte de la crin del animal. Su silueta era cada vez era más nítida. Venía corriendo sobre el agua.

Ángel volvió a vernos, torció la boca una vez más y dejó caer los brazos. Luego su vista se perdió en la criatura que se acercaba y que también parecía mirarlo fijamente. Ángel caminó despacio hacia el mar donde lo único blanco eran la espuma y el caballo. Entonces Samy lo tomó de la manga de la sudadera.

—No, te vas a ahogar, me da miedo.

Ángel volteó a mirarla. Esta vez con tristeza y quizá hasta ternura, no sabría decirlo. Los gestos de Ángel eran diferentes, como si no supiera hacer nada más que observar. Él y Samy se quedaron viendo durante un tiempo largo. Me acerqué para separar a Samy de él. Pensé que ella lo estaba molestando, pero me sentí tan triste cuando toqué el brazo de Ángel que ya no estuve segura. La piel de Ángel era muy lisa, como si él mismo fuera otra figura de vidrio en la playa.

Volteé a verlo, no pude distinguir de qué color eran sus ojos, que parecían estar húmedos siempre. Se me quedó mirando a los míos y mi tristeza aumentó tanto que no logré separar a Samy de él. Comencé a llorar abrazando la jarra que le llevaba a mi mamá. Me senté en el piso. Apenas alcancé a ver que Ángel desprendió a Samy de su sudadera con suavidad. La tomó de la mano y le señaló el animal que venía corriendo.

—Tengo que ir a entregarlo. ¿Quieres acompañarme?

Ella asintió. Él le indico a Samy que mirara al animal. Se quedaron observándolo hasta que se detuvo a unos cuantos metros de nosotros. Era un caballo enorme, blanquísimo, como si el mar le hubiera lavado toda la mugre propia de un animal. Ángel tomó de la mano a Samy y caminaron hacia el caballo. Vi cómo Ángel le acarició la cara y lo montó, luego subió a Samy frente a él. Yo quise seguirlos, detenerlos.

Me levanté, pero no podía moverme, apenas podía pensar. Samy volteó a despedirse de mí moviendo la mano de un lado al otro. Alcancé a levantar la mía. En el cielo, una última oleada de estrellas fugaces se precipitó en el horizonte, luego la noche quedó en calma. Me dejé caer sobre las rodillas, los vi alejarse. «¿Quién usa una sudadera en la playa?», pensé. Luego pensé en la mirada de Ángel, en la piel lisa y los ojos del caballo que, en algún sentido, eran iguales a los de él y a los de Samy. Sentí que me hacía falta llorar más y me quedé dormida.

Desperté en el sillón frente a la tele.

—Pesas un chingo, chamaca. ¿Qué andabas haciendo? —me dijo mi tío Juan—. Estabas tirada en la playa como una loca. Con esa jarra en las manos.

Me levanté y corrí a nuestro cuarto en la casita. Samy dormía en una hamaca mientras mis padres veían una transmisión en vivo donde mostraban tres volcanes que hacían erupción al unísono. Del otro lado de la cabaña venía un olor dulce. Nuestros vecinos habían comprado hotcakes y nos invitaron a desayunar en la playa. Tendimos una sábana sobre las cuentas de vidrio a la orilla del mar, ahora me parecía que había menos de ellas, se podía ver la cama de arena donde descansaban.

Pusimos leche en la jarra verde y amarilla que le llevé a mamá y nos sentamos a comer.

—¿Dónde está Ángel? —le preguntó Samy a una señora de la otra familia.

No lo conocían. Samy nunca ha querido contarme lo que le pasó esa noche.

*Texto cedido por la autora y Malabar Editorial, perteneciente al libro Tú, enfermo no estás. ¡Adquiérelo AQUÍ!


Libertad Pantoja (Ciudad de México, 1987). Estudió la licenciatura en Ciencias Genómicas y el Doctorado en Ciencias Biomédicas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Es egresada del diplomado en escritura de Literaria: Centro Mexicano de Escritores. Libertad Pantoja recibió la beca Jóvenes Creadores del FONCA en el año 2018 en la especialidad de cuento. Ha participado en dos ocasiones en el programa de escritura «Under the Volcano». Algunos de sus cuentos aparecen en las antologías Historias de las historias (Ediciones del Ermitaño, 2011) y Lo fantástico no existe (Ediciones Periféricas, 2021). Ha publicado en la revista «Penumbria» y en los sitios de divulgación de la ciencia «Más ciencia por México», «Historias cienciacionales», «Cienciorama» e «Hypatia».